Clara_Nebot_mihistoria.jpg

El cambio.

Fue un febrero del año 1988. Una cita con Álex, un gran amigo, que nunca llegó a su destino. Un accidente al que sobreviví y que me cambió la vida.

Insospechado es lo que puede llegar a cambiar una persona a raíz de un sólo instante. De qué manera suceden hechos inesperados y chocan drásticamente con la vida.

Pensamos que no nos puede pasar nada, pero no deberíamos ser tan confiados.

La vida cambia instante a instante y sin lugar a dudas, yo diría que existen hechos que lo cambian todo, absolutamente todo.

Es como si condujéramos horas y horas, por una de aquellas carreteras de los Estados Unidos rectas, largas y aburridas.

La única distracción es el inesperado cambio de rasante y la pequeña gasolinera sola y olvidada en el desierto.

Y poco más…un camino relativamente seguro y sin sustos.

Entonces aparece lo inesperado, se acaban las rectas y entramos, sin previo aviso, en una carretera llena de hoyos y curvas.

Se acaba el calor, el viento, el polvo…y cae la lluvia. Suenan los truenos y hace frío. Todo es más difícil. Pero seguimos conduciendo. De hecho, no nos podemos parar. El camino continua, ¡tenemos que llegar al destino!

Así es la vida. ¡Nosotros no hemos visto el anuncio del cambio! ¡No estaba indicado!

Intentamos volver atrás, pero es complicado, nos ha costado demasiado llegar a sobrevivir al poco recorrido que hemos hecho.

Y aquel deportivo descapotable que nos iba tan a medida en el desierto, ahora nos estorba, puede que fuéramos mejor con un 4×4.

Y esa camiseta la cambiamos por el jersey de lana de emergencia que nunca sacábamos de la bolsa.

Qué fácil y qué complicado es todo lo que venimos a hacer en este mundo.

¿Quién es el valiente que afronta con valentía todos los cambios y sustos que nos trae la experiencia de la existencia?

¿Quién es capaz de prevenirlo todo?

Y esto exactamente es lo que me pasó. Todo seguía su curso. Todo tenía su sentido.

Parecía que todo hubiera de llevar a una dirección concreta bajo mi consentimiento. Pero de repente algo sucedió.

Puede que fuera demasiado rápida o yo misma me dejé llevar. Pero la CURVA llegó a mi vida. Y bien que choqué con ella.

Todo cambió de golpe.

Cambiaron los valores y los proyectos.

Yo quería ser periodista. Quería conocer el mundo, escribir y dar mi opinión.

Era joven, pensaba que tenía mucho tiempo. Pero aún no sabía que la vida te puede traer muchas sorpresas.

Hace 13 años que cambié mis proyectos, que decidí dedicarme a una gran profesión, que escogí cuidar a muchas personas. Tantas como las que han pasado por mis manos y las que pasarán en lo que me quede de futuro.

Hace 13 años que tomé una gran decisión que llena mi vida cada día. Aprendí el nuevo sentido de mi vida, entendí lo que me hacia sentir llena. Pues tuve el privilegio de conocer una gran profesión : la fisioterapia. Un gran colectivo que hace una gran bien a la sociedad, entendiendo así la importancia de nuestra existencia.

Hace 13 años que fui paciente y hace 8 que soy “fisio” y que disfruto y me siento cada día más llena.

 

El accidente.

Me desperté en el quirófano, recuerdo aquella luz y las batas verdes.

Después ya estaba en la habitación sola. Enyesada por todas partes, con dolor y confusión.

Yo estaba viva, pero Álex estaba muerto.

Los amigos y todo lo que formaba parte de mí, perdió valor. Había perdido un gran amigo, y aún me faltaba un gran camino que recorrer, y mucho trabajo para recuperarme del todo.

Todos mis pensamientos volaban en la misma dirección, con lo que nunca tenía una respuesta que me sirviera de consuelo.

Llegaba a liarme de tal manera, perdida, que a veces me sentía culpable y entonces tan solo me quedaban las lágrimas.

Buscaba ayuda, pero no la encontraba…lo perdido no me lo devolvería nadie. Es lo que aprendí. Lo que me faltaba lo tenía que hacer vivir yo, dentro de mí, para darle vida. Para compartir todo aquello que nunca más en este mundo volvería a compartir. Para vivir día a día aquellos momentos que ya no volvería a presenciar. Para transformar en realidad, aunque ficticia, ese deseo hecho impotencia.

Ya me di cuenta que ese amor sería prisionero hora tras hora, día tras día… siempre, para nunca olvidar ni el más mínimo detalle.

 

La recuperación.

Ahora era una cuestión de tiempo, luchar por mí. De seguir adelante.

Los días se me hacían agotadores. El dolor era el protagonista.

Las visitas de quien me quería y apoyaba eran interminables, pero era muy cansado.

Sólo tenía un objetivo y era salir de esa habitación prisionera de hospital.

Necesitaba aire y todo aquello que no valoras cuando lo tienes, como aquellos momentos de tranquilidad en el comedor de casa después de comer, ese aroma de macarrones de los domingos…

Aquellas pequeñas cosas que te hacen sentir bien y viva, la libertad.

Y lo tenía todo, pero muy lejano.

De hecho, tenía los dos brazos y el pie izquierdo enyesados, lo que me impedía la marcha. Me llevaban en silla de ruedas, y no sólo eso: me lavaban, me daban de comer, me peinaban… era una total dependencia.

El dolor, pero, me ocupaba la gran parte del día: dolor de cabeza, de espalda, muscular…todo me dolía.

De todas formas, esta situación no duró demasiado. De hecho, estuve poco tiempo en el hospital. En mi familia hay médicos, y seguro que conocían a alguien. Así que pronto me dieron el pasaporte para salir de allí, y me enviaron a casa.

En casa es donde, realmente, me di cuenta de lo mucho que debería trabajar para ser la misma de antes.

Y pensaba:

– ¿Cómo subiré las escaleras para subir a mi habitación?

-¿Dónde estará la enfermera que me hace las curas cada día? ¿Quién me dará calmantes cuando los necesite?

-¿Dónde estarán los médicos? ¿Quién me dirá lo que tengo que hacer?

Pero la salida del hospital fue rápida y con condiciones: cada día, mañana y tarde, debería ir al centro de recuperación. Así debería trabajar duro, tal y como el médico sentenció.

 

La fisioterapia.

Tampoco sabía realmente que haría tantas horas en un centro. Lo único que me imaginaba, después de mi experiencia en el hospital, es que seguramente me harían daño y se me haría muy pesado. ¡Tantas horas allí dentro!

Los recuerdos de esos días son oscuros. Los que se dejan ver, entre la niebla que me esconde la memoria, son escasos. Pero lo que sí sé, es que era cansado y agotador.

El fisioterapeuta, los compañeros de gimnasio y todos me apoyaban mucho.

Trabajabamos a diario, sobretodo a medida que me iban sacando los yesos de las extremidades lesionadas. Y empezábamos a mover las articulaciones que pocas ganar tenían de hacerlo…

Recuerdo como el “fisio”, Marc, me doblaba cada día los dedos de mi mano izquierda, que no respondían al movimiento. Yo pensaba que estaba perdiendo el tiempo, pues no se movían y no obedecían mis ordenes. Era desesperante. Pero él, sabiamente, me decía : “la paciencia es la madre de la ciencia”. Hasta el día que conseguimos una pequeña respuesta y hicimos una fiesta para acabar por moverlos a perfección.

Recuerdo la dureza de mi trabajo para recuperar otra vez aquellas articulaciones entumecidas debido a la inmovilidad, y el trabajo que le debía dar a Marc. Sobretodo al sacarme el yeso del tobillo. Y empezamos a moverlo. Y con el tiempo, el trabajo de él, de sus colaboradores y el mío, ganamos cada día más arco y más fuerza. Para acabar sudando como un animal, haciendo equilibrios sobre un plato, que creo que ni tan solo me hubiera aguantado con el pie sano.

Recuerdo la bicicleta, cansada y aburrida. El progreso diario. Los ratos buenos, malos, los tristes y los alegres. Las idas y venidas con la silla de casa al gimnasio y del gimnasio de vuelta a casa. Más tarde con muletas y al final ¡sin nada! ¿quién lo iba a decir? !Y en tan poco tiempo!

Gracias a ellos, a vosotros, que no tan solo me recuperaron físicamente, sino que fueron amigos que me ayudaron psicológicamente a pasar un mal momento: la pérdida de un amigo.

Que me permitieron llorar cuando lo necesitaba, que me escucharon, que me apoyaron para ser la de antes, aunque “modificada”. Porque , como he dicho antes, ya no volvería a ser la misma.

 

La vida cotidiana.

Gran parte de Clara se quedó en esa curva.

Gran parte de mí, había perdido aquella alegría ingenua de la adolescencia, para caer en la cruda realidad de la vida.

De golpe, sin aviso, todo era tristeza.

¿Cómo me podía haber pasado eso a mí? Y a Álex no le habían ni permitido la oportunidad de luchar por su VIDA.

Jo seguía viviendo y trabajando para seguir adelante, sin otra salida, por los dos.

Tuve que aprender a vivir con esta realidad. Y quién me conoce sabe que lo conseguí.

Gracias a todos aquellos que se han cruzado conmigo y me han apoyado.

La vida ya no es triste, es una lucha constante y una gran oportunidad para disfrutarla y gozar de los grandes momentos que nos aporta. Para ser feliz al máximo, porque mañana mismo podemos perderla. Por eso mismo seguí luchando, hasta conseguir estar físicamente como antes, con alguna que otra secuela que arrastro aún.

El centro de rehabilitación seguía trabajando, pero ya sin mi presencia.

Marc cambió de centro y ya no lo volví a ver. Y entró a trabajar Quim, un gran fisio, que tuve la suerte de conocer y que trabajamos juntos 8 años de mi carrera.

 

¿Y qué más puedo decir?

Este es el gran motivo que me ha movido hasta aquí. Disfrutando consulta a consulta, paciente a paciente, de cada momento de mi profesión.

Siendo feliz con todo lo que me envuelve, gracias a lo que aprendí con la experiencia. Lo que conseguí en mi vida y lo que me aporta mi trabajo, la fisioterapia.

Un mundo privilegiado de contar con este gran colectivo de profesionales que formáis vosotros, los fisioterapeutas. Al que tengo la gran suerte de formar parte.

 

PD: En memoria de un gran amigo, que nunca tuvo la oportunidad de saber lo que supuso a mi vida el último instante que compartimos juntos.

 

,Alex y Clara

 

SHARE IT:

Leave a Reply

You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>